Sucede que en recientes días he recibido escritos y por su puesto también sucede que me son hasta cierto punto indiferentes. Sucede que ojalá esas líneas tan perfectas y planeadas fueran de otro y no de él.
Sucede que llegan clímax en la vida donde todo es vacío, el mirar fijamente el sol, caminar sin más, tirar la mirada al infinito donde todo sigue siendo vacío e indiferente.
Bienaventurados aquellos que caminan bajo la perspectiva de un reloj o un teléfono celular dictando y contaminando sus células, desafortunados los que nos perdemos del mundo e intentamos construir uno alterno, donde todo puede ser absurdamente blanco, blando y benevolente o de lo contrario tornarse gris e indiferente.
La felicidad efímera que siento al correr con mi fiel mascota no se compara en nada a la de momento alguno de este mes.
Me gustaría ahuyentar las malas olas, abrazar las estrellas y seguir cantando toda la noche, brindar por la osadía y al mismo tiempo impedimento de forjarme la necesidad de amar. En calidad de indiferencia he aprendido a sentir algo un día y desaparecerlo tras el sueño contaminado de cada noche, resucitar al día siguiente y olvidarlo todo.
Por hoy ahorré lágrimas, aletargadas, ahorcamos besos, palabras e incluso ausencias, desde la primera paternal, hasta la última amorosa, ambas ya casi borradas por el aferramiento de la capacidad de desaparecer.
Hoy atenté contra mi memoria, la sometí a canciones, poemas y juegos de palabras viejos, el resultado fue evasivo, ya la batalla ha sido ganada, al menos por hoy ganamos y salí invicta, sin rasguños y sin lamentos; así los círculos de melancolía se han cerrado y los de alegría marchitado.
Hoy, también soñé con música, con letras y desapariciones, hace días amanecí con la sonrisa propia de una niña enamorada pero con el corazón sepultado, sin las ganas o la pesadilla de intentar corresponder a él y sus agujitas, ya todos lo saben y nuestros abrazos autómatas no disimulan. Pese a eso me siento indiferente...

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